Panamá. Texto Catálogo. Allegro Galería. Por Mirie Mouynés

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  • julio 07, 2007

En las obras de Sol Halabi habitan mil preguntas. Sus personajes evocan los rostros de aquella época prodigiosa de la historia cuando el arte se hizo a la medida del hombre. Personajes sin edad y sin tiempo, su mirada nos obliga a mirarnos.

En su mundo, nada es lo que parece ser. Cada mirada nos desvela nuevas posibilidades y nos deja queriendo descubrir más. La serenidad de esos rostros clásicos, contrasta con la fuerza del entorno, la luz y las sombras, la intensidad del color, esos grafismos y fórmulas que aparecen, como rasgados con las uñas, tratando de arrancarle el sentido a la vida. En esta nueva vuelta de la pintura, cuando el hombre reclama el protagonismo que la vertiginosidad y el anonimato de nuestra época le ha robado, Sol nos presenta una obra que llega a la fibra íntima de lo que somos. Con un dejo de ironía a veces o simplemente como una médium, Halabi plasma nuestros sueños y angustias, ansias y miedos, soledad y carencias; el drama de la existencia humana. No pinta personas, retrata nuestra humanidad. No importa con cuánto ahínco el entorno se empeñe en atraparlos, las circunstancias no pueden adueñarse de ellos. Bajo capas de óleo, acrílico y materiales no convencionales como la cera de abeja, el alquitrán, la arena y el polvo de mármol, ese universo orgánico de texturas y colores muestra la vulnerabilidad del hombre, pero sus personajes siguen allí, desafiantes, ajenos. Quizás sea su luminosidad la que, a pesar de todo, les muestra el camino, más allá de esos espacios extraños, en los que el tiempo pareciera haberse detenido. Ajena a tendencias pasajeras, creadora de un cosmos propio, Halabi entra en el mundo del arte con la madurez de quien ha caminado largos trechos. Con apenas 29 años, reconocida como una de las artistas cordobesas más destacadas de su generación, la obra de Sol forma parte de importantes colecciones públicas y privadas de la Argentina y del extranjero. Hace un par de años, vi una de sus obras por primera vez y no pude dejar de mirarla. Desde entonces supe que tenía que dar con ella, buscarla dentro de la soledad de sus paisajes, en sus silencios, en la mirada de esos rostros eternos. Me atrapó su contemporaneidad, su arrojo, su gran capacidad de introspección, la humanidad de su obra, su maestría. Y es que quien ve la obra de Sol Halabi no puede olvidarla. Todo parece estar allí, contenido en un universo propio donde no sobra ni falta nada, excepto nosotros, quizás. Y, entonces, nos asomamos a su mundo, caminamos de su mano, nos dejamos llevar, tan sólo para darnos cuenta de que quedamos con ganas de más, de seguir buscando, llenos de una y mil preguntas….